Por José María Garrido

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La autoestima representa el sentido de importancia que una persona tiene de sí misma. En realidad es lo mismo que el ego, aunque esta denominación tenga ciertas connotaciones negativas. En psicoanálisis, es ese aspecto de tu pensamiento que analiza la realidad y te aporta el sentido de tu identidad personal.

Esta identidad es cuidadosamente protegida por cada individuo. Somos capaces de llegar muy lejos para preservar lo que consideramos que es nuestra identidad y somos capaces de hacer grandes esfuerzos para combatir las amenazas que percibimos contra ella.

Desafortunadamente, hacemos muchos más esfuerzos sobre ello de lo que deberíamos.

Tememos que nuestro ego (nuestro sentido de la autoestima) sea dañado y constantemente nos enzarzamos en actividades contradictorias o directamente dañinas para protegerlo. Por ejemplo:

  • No nos arriesgamos con nuestras opiniones. Nos autocensuramos o nos quedamos mudos antes de arriesgarnos a que alguien nos señale por estar equivocados o, peor aún, se rían de nosotros.
  • No hacemos ese movimiento o acción que necesitamos si sentimos que vamos a ser rechazados; nos tomamos los rechazos personalmente en lugar de como situaciones normales en el trabajo o los negocios.
  • No innovamos: nos quedamos con lo probado y aceptado. “Que arriesguen otros” ha sido siempre la marca de la casa de nuestro país.
  • Nos retiramos. Podemos intentar encestar o cantar o hacer una presentación memorable en la soledad de nuestro dormitorio, pero no frente a otros, especialmente si esos otros se supone que son personas más cualificadas y talentosas de lo que somos nosotros.
  • No nos posicionamos y nos oponemos. Preferimos ser miembros de la manada que destacar poniendo en valor principios y valores.

En una ocasión que recordaré siempre, después de realizar un proyecto que me llevó varios meses de trabajo, mi jefe me encargó que preparara una presentación para resumir la realización y resultados del mismo a unos clientes muy importantes para nosotros. Una vez en sus oficinas, mi incapacidad para manejarme con unas herramientas desconocidas generaron un desastre de tal calibre que me fue imposible realizar la presentación y todo el mundo salió de la sala demasiado temprano y con cara de mal humor. Mi jefe no sabía si fulminarme o repudiarme definitivamente.

Aquella noche le dije a mi madre (yo todavía era joven ;-)) que creía que iba a ser mi último día en la empresa pero, “extrañamente”, al día siguiente nadie lo mencionó. Se trataban de “viejas anécdotas”, aguas bajo un centenar de puentes.

Y me sentí reconfortado.

He conocido alguna persona (por no mencionarme a mí mismo en algún momento de mi vida) que, encontrándose sin un euro, había descubierto que, aunque no tenía ni un céntimo, disponía de otro día. Una vez que entiendes que cuando lo presumiblemente “peor” ocurre, y que todavía cuentas con familia, amigos e ideas para una vida mejor (ya nada puede ser peor) tu ego se endurece porque ya no teme ser dañado más.

Esta es la esencia de la resiliencia, la habilidad para recuperar la forma, volver a coger tono, retornar a la situación saludable anterior. La resiliencia tiene a la velocidad como su mejor combustible: cuanto más rápido recuperes la forma, mejor te encontrarás.

En la vida vas a ganar y vas a perder. Pero nada de ello tiene impacto en tu valor como persona.

Si quieres tener éxito, tu mentalidad debe ser “fuera ego”. Eso significa que debes dejar tu ego al salir de casa. No puedes pretender superar, burlar o traspasar a todo el mundo a tu alrededor. Simplemente tienes que tener claro tu propósito y convencer a “tu cliente” (sea este tu jefe, tu empresa o un cliente «real») que tienes mucho valor que aportar. En ocasiones esto no funcionará, y es entonces cuando tu resiliencia debe impulsarte a moverte hacia la siguiente oportunidad.

En este momento de mi vida nadie me empuja a mi alrededor, pero yo no evito las situaciones en las que esto pueda ocurrir. Mi autoestima no es un objeto disponible para ser dañada por otras personas. Yo no me golpeo a mí mismo cuando las cosas van mal. Y cuando las cosas parece que se tuercen demasiado, le aplico a mi resiliencia la séptima marcha y me pongo en forma de nuevo.

En mi ocupación actual como consultor, éstas son algunas de las ideas que yo mismo aplico para acelerar mi resiliencia, y que espero que también te sirvan a ti, de alguna manera.

  • Ignorar las valoraciones que yo mismo no solicito sobre mis actividades; sistemáticamente, sólo pretenden servirle a quienes las emiten. Me niego a ser la bolita en una pinball.
  • Aprender a decir «no» sin necesidad de justificarlo. Nos podemos ver atrapados en situaciones realmente dañinas. Me niego a trabajar con clientes con los que no conecto, a realizar actividades que no encajan en mi propósito, o incluso prefiero hacer algo gratuito que ser «recompensado» con una miseria. No necesito justificarlo. Soy un profesional; no me considero en pruebas.
  • Aprender algo de cada intento. Cuando un cliente rechaza un proyecto que le presento, siempre intento preguntarle: «¿Podría tomarse un minuto para yo pueda aprender qué podría haber hecho mejor para que el proyecto hubiera sido aceptado?».
  • Mirar siempre al parabrisas de enfrente, no al espejo retrovisor. Centrarme en lo que viene por delante, no en el camino que ya he transitado. Y mantenerme en movimiento. Si vas a 100 km/h y te paras, todo el polvo que has generado detrás te alcanzará y te cubrirá.
  • Tratarme bien a mí mismo después de un «fallo», no sólo ante los «éxitos». No pretendo recompensar los fracasos al hacerlo, sino reconocerme los buenos intentos y comportamientos. En mi trabajo en las empresas, yo siempre recomiendo reconocer los comportamientos, no sólo las victorias.

Cuanto más fuerte es tu autoestima y tu autoconfianza, mejor es tu resiliencia. Cuanto mejor es tu resiliencia, más fuerte es tu autoestima. Son dos cosas completamente sinérgicas, y tú decides su fuerza y su velocidad.

Si ambos están en buena forma, podrás asumir riesgos prudentes y tener confianza en tu propio juicio.

Acerca de José María Garrido


José María Garrido es el fundador de Fresh Mentoring y tiene como misión contribuir al desarrollo de nuestro sector agroalimentario y, por lo tanto, al desarrollo de sus empresas. Para ello aplica su conocimiento y experiencia de 24 años como directivo en ayudar a sus empresarios y profesionales con conceptos y herramientas de organización y gestión que aumenten su valor y mejoren sus vidas.

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