
Por otro lado, la proyección es un mecanismo de defensa psicológica donde los individuos atribuyen sus propios sentimientos o pensamientos no deseados a los demás. Suele decirse que “el otro te hace de espejo” de tu propia situación.
Sábado 12 de julio, recta final de los Sanfermines. Teníamos tres invitados a comer de “última hora”, así que decidimos hacer una reserva en el club deportivo del que somos socios sabiendo que no habría aglomeraciones, a pesar de que la restauración había sido asumida recientemente por nuevos responsables de los que todavía no teníamos referencias. Un menú sin pretensiones de 40 euros nos resolvió la papeleta.
A la hora de los cafés, uno de nuestros invitados pidió un “café descafeinado de sobre con leche y con hielo”. Le sacaron el sobre de café, y un vasito desechable con un poco de leche… ¡y un cubito de hielo! En esas circunstancias era evidentemente imposible diluir el café en la leche, por lo que me levanté hacia la barra (nos habían colocado a comer en el bar) en un momento en el que había cinco camareras desocupadas (no estaríamos más de 20 ó 30 comensales en total).
Con toda amabilidad, les señalé la inconveniencia del servicio de café, a lo que obtuve como primera respuesta un seco “¡Eso es lo que ha pedido!”. Les indiqué que, en mi opinión, lo correcto habría sido servir un vaso con leche caliente para disolver el sobrecito de café y, al lado, otro vaso con el hielo. La responsable del establecimiento (insisto en que tan sólo llevaba unas semanas gestionando la restauración del club) tomó la palabra y me dijo que “eso significa usar dos vasos en lugar de uno” y que “¡¿qué pasaría si todo el mundo pidiera dos vasos?!” en un tono cada vez más enérgico y desafiante. Al señalarle lo poco profesional que me parecía esa actitud, la responsable (¡la empresaria!) zanjó la cuestión con un “¡¡Pues para Sanfermines ya está bien!!”.
Me retiré a mi mesa sin añadir nada más, y pedí disculpas a mi invitado.
Llegada la hora de pagar, volví a la barra y pedí la cuenta. Una vez con la minuta delante, y de nuevo con corrección, me dirigí a la “empresaria” y le pregunté, bajo la atenta (y expectante) mirada de sus cuatro compañeras rodeándola, si había descontado la señal que habíamos depositado al hacer la reserva, a lo que, alzando la voz y señalando con dedo acusador la parte superior de la cuenta (en donde, efectivamente, se detallaba el descuento), exclamó: “¡¿No lo ves aquí arriba?! ¡¿Qué pasa, qué me estás llamando ladrona?!” Y captado la atención de todos los comensales del local empezó a decir a voz en grito “¡¡Y encima nos insulta!! ¡¡A nosotras, que estamos trabajando en Sanfermines para serviros a vosotros!!”
Zanjé la “conversación” con un “Creo que tienes un problema que te va a impedir hacer carrera en la hostelería”. Salimos del local entre los atónitos comentarios de nuestros invitados.
Terminadas las fiestas fui a las oficinas del club a poner una queja por el incidente.
La ira, esa emoción tan humana, a veces se pone de manifiesto mediante comportamientos claramente desproporcionados a la situación en curso. Pero dos no discuten si uno no quiere.
Y sí, los Sanfermines funcionan porque hay una ingente cantidad de personas trabajando por la vigilancia, la seguridad, la sanidad, la limpieza, la información, la música, la atención ciudadana, las infraestructuras y, por supuesto, la hostelería. Sin duda, dedicados a dar lo mejor de sí para que “otros se diviertan”.
Estoy seguro de que la inmensa mayoría lo hacen con convicción y profesionalidad.

«El mejor remedio para un temperamento corto es un largo paseo.» – Joseph Joubert.
«El conflicto no puede sobrevivir sin tu participación.» – Wayne Dyer.

