No siempre se pueden repartir proyectos ilusionantes, atractivos o glamurosos.
Cuando tienes que asignar tareas menos deseables, necesitas la aceptación de las personas que no eligieron el trabajo.
En lugar de confiarlo todo a tu persuasión o a la presión, es mejor concentrarse en ayudar a tu equipo a aceptar el resultado.
Empieza por hacerte estas tres preguntas.
¿Les voy a ofrecer alguna libertad real, por pequeña que sea? Las personas racionalizan las decisiones más fácilmente cuando sienten que tienen cierto control. Es posible que no puedas cambiar lo que hay que hacer, pero ¿puede la persona elegir cómo o cuándo hacerlo? ¿Tendrían libertad para dar forma a su alcance o secuencia de actuaciones? Incluso las posibilidades de elección simbólicas aumentan la aceptación.
¿Está el proyecto claramente definido, o en el aire? La indefinición retrasa la aceptación. Cuando te proteges (“Venga, vamos a intentarlo”) es menos probable que las personas acepten la tarea. En lugar de eso, pon de manifiesto que los temas colaterales están resueltos y que el marco de actuación está bien definido. La finalidad y el sentido ayuda a las personas a pasar de la resistencia al compromiso.
¿Voy a mostrar que el proceso de asignación es legítimo? A la gente le importa el cómo y el porqué de las decisiones. Explica la lógica de la decisión y demuestra que se asienta en criterios consistentes. Incluso si la tarea es difícil o incómoda, la claridad y la justicia contribuyen en gran medida a lograr la aceptación.

