En esta era de hiperconectividad, cultura de la velocidad y de cambios frecuentes, el malestar por las prisas (la sensación constante de necesidad de apresurarte por todo) puede dejarte irritable y exhausto.
Permíteme unos consejos para reducir la velocidad sin sacrificar tu rendimiento:
Incorpora tiempo de reserva en tu agenda. No hay nada peor que tener una agenda abarrotada. Programa espacio entre tareas para gestionar sorpresas o reflexionar. Reserva tiempo sin distracciones para trabajar en profundidad o reevaluar prioridades.
Haz una pausa antes de comprometerte. Antes de decir ‘sí’ a una solicitud, pregúntate: ¿Debo encargarme de esto? ¿Se alinea con mis objetivos? Busca a una persona de confianza para que te dé su opinión si es necesario.
Escríbelo. Explica las consecuencias de aceptar una solicitud. ¿Te costará más de lo que vale? Ver las compensaciones por escrito puede aclarar tus decisiones.
Lista los beneficios de reducir la velocidad. Visualiza lo que ganas al relajarte: por ejemplo, más descanso, mejores relaciones y menor estrés.
Utiliza herramientas de priorización. El método ‘Hacer, Aplazar, Delegar, Eliminar’ ayuda a distinguir las tareas urgentes de las distracciones. Evita añadir tareas hasta que se completen otras.
Date respiros. Celebra lo que has logrado en lugar de concentrarte inmediatamente en lo que queda por hacer. Trátate a ti mismo con la misma amabilidad con la que tratarías a un buen amigo.
Practica ‘mindfulness’ (¡Yo lo hago!). Unos minutos de respiración profunda, un escaneo corporal o un momento de atención plena con una taza de café (¡sin cafeína!) pueden restablecer tu ritmo mental.
Busca apoyo. Un terapeuta, ‘coach’ o colega responsable pueden ayudarte a realizar cambios en tu ritmo a largo plazo.

