
Durante décadas pudimos estar orgullosos de una sanidad pública, unos servicios e infraestructuras y una calidad de vida que nos colocaron por encima de los países vecinos a los que solíamos envidiar.
Hoy, esa sanidad se deteriora a marchas forzadas. Muchas carreteras renquean. El apagón desnudó nuestra fragilidad. Las grandes ciudades ya no son para sus ciudadanos. Y el servicio ferroviario está claramente desbordado. Tres compañías compiten y circulan por donde antes sólo iba una, que también ha multiplicado sus viajes. Las estaciones no dan de sí. Los transportes están al borde del colapso desde la pandemia. Y el gasto en mantenimiento no ha crecido al ritmo que han crecido los viajeros. Celebramos que estamos a punto de llegar a los 100 millones de turistas, pero las costuras estallan. Junto a ello, una dana descontrolada destrozó vidas y negocios y los incendios del pasado verano han sido el peor desastre de este tipo en décadas.
Al mismo tiempo, estamos experimentando otros desastres que no son tan obvios.
Transitamos el comienzo de una era en la que nada se puede verificar y creer de inmediato. No existe una base autorizada común para validar lo que es “real” y lo que es “falso”. Ya no hay una realidad compartida.
Los “relatos”, las mentiras y las “deepfakes” están inundando el entorno. La velocidad viral de los medios de hoy dificulta enormemente los intentos honestos de validar y verificar, y las personas y las organizaciones toman medidas demasiado rápido, a menudo basándose en información falsa.
Por tanto, entramos en una era con muchos más elementos de desconfianza de los que eran los “sospechosos habituales”: los políticos, los medios de comunicación, el Ibex, el gobierno, etc. Nuestra desconfianza es mucho más profunda: desconfiamos de la realidad o de lo que pasa por ser verdad sin poder discernir qué es realmente cierto. Naturalmente, las teorías de la conspiración abundan en este entorno, y la mayoría de los conspiradores son paranoicos que sienten que la verdad se “oculta” sistemáticamente. Un flujo de creencias que afecta principalmente a los jóvenes.
Cuando la confianza se erosiona, la civilización decae. Buscamos culpables en lugar de causas.
Así que creo que es esencial encontrar asesores verdaderamente confiables, diversos y honestos, al tiempo que debemos comprobar cuidadosamente las premisas que respaldan nuestras decisiones empresariales, relacionales, financieras y de salud. Además de ignorar por completo los consejos que no solicitamos.
Y en cuanto a España, quizás ha llegado el momento de empezar a repensar nuestro país.

“Está llegando la época en que la honorabilidad es la excepción y la traición es la norma.” – Mario Vargas Llosa.
“Los que dejan al rey errar a sabiendas, merecen pena como traidores.” – Alfonso X el Sabio.

