
Los avances formidables en inteligencia artificial, robótica, exploración espacial o biología molecular son cuatro de los grandes vectores de una ruptura que abre la puerta a un singular ciclo económico de alto crecimiento y una reorganización total de los sistemas productivos. Como ocurrió con el impacto de la máquina de vapor o la electricidad, habrá sacudidas económicas y sociales de gran calado. El resultado final de esta convergencia de cambios será una transformación progresiva que modificará las reglas del juego económico de las últimas décadas. Que las consecuencias económicas y sociales de estas transformaciones sean más o menos lesivas dependerá de nuestra capacidad de adaptación: de saber identificar dónde están las oportunidades y de no quedarnos de brazos cruzados.
Y una de esas consecuencias más “dramáticas” (por profundas) son las laborales: nos encaminamos hacia un lugar de trabajo irreconocible y a un organigrama desechable.
El desempeño en el lugar de trabajo y su medición han sido una actividad poco científica e imprecisa desde que la Gestión Científica de Frederick Winslow Taylor fracasó a principios del siglo XX: simplemente, no supo cómo compensar el impacto de la fatiga de la “fuerza laboral”.
Ahora, o al menos pronto, la tecnología nos ayudará a medir cuándo el personal de ventas hace su mejor trabajo y a organizar los requisitos laborales en torno a las condiciones óptimas y los momentos más sensibles.
No sé tú, pero yo trabajo al máximo cuando estoy feliz, concentrado y «de buen humor». Y más todavía cuando lo que estoy haciendo me apasiona. Curiosamente, en medio de esta revolución tecnológica y laboral, los aspectos ligados a las emociones y al compromiso cada vez van a ser más relevantes.
Dado que la población está disminuyendo en muchos lugares (incluida China), proliferarán las “escuelas vocacionales”, centradas en habilidades y competencias, y no en seminarios, memorización y títulos. Necesitamos buenos vendedores y “artesanos” (albañiles, electricistas, fontaneros, soldadores…).
Los mandos intermedios irán disminuyendo a medida que los líderes dirijan y asignen el talento directamente. Las funciones de “intermediario” que aún puedan existir serán manejadas por la IA, que será la alta tecnología en manos del “toque humano” de los líderes.
Proliferarán los trabajadores transitorios (los “knowmads”) llevando sus paquetes de conocimientos, habilidades y beneficios sobre sus espaldas como caparazones de tortuga, y los “guerreros” del talento los atraerán y gestionarán a través de proyectos, no de por vida. Porque el trabajo para toda la vida en la misma empresa hace mucho tiempo que desapareció.
Cada vez será más relevante el «cómo» me pagas (beneficios sociales, flexibilidad, planes de inversión, experiencias) y menos el «cuánto» me pagas (salario puro y duro), lo que lleva aparejada la remuneración «a la carta» (adaptada a los gustos y necesidades del empleado).
Y finalmente, la gestión se volverá generalista, no especializada, con rapidez, resiliencia y agilidad para ser eficaz en tiempos continuamente disruptivos y volátiles. Lo último que necesitaremos son gestores tradicionales que se acomoden en las oficinas, fertilizados por planes de jubilación.
Así que me atrevo a darte algunos consejos.
No busques un “trabajo” o una “carrera”, sino una “vocación”.
¿Cuál es la sinergia ideal entre tus capacidades, las necesidades del mercado (o las necesidades que puedes crear en el mercado) y tus pasiones? Reflexiona y define hasta qué punto buscas seguridad sacrificando algo de independencia, frente a máxima libertad sacrificando seguridad.
Amplía tus intereses y tus habilidades para acceder a un amplio espectro de oportunidades.
Y pregúntate si puedes discutir la mayoría de los temas de manera inteligente con la mayoría de las personas.

«La incertidumbre es una posición incómoda. Pero la certeza es una posición absurda.» – Voltaire.
«Temo el día en que la tecnología sobrepase nuestra interacción humana. El mundo tendrá una generación de idiotas.» – Albert Einstein.

