Por José María Garrido

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El ritual de la competencia está arraigado en nuestros genes desde la polvorienta prehistoria de nuestros ancestros. Los Homo competían por las presas, por las parejas, por el acceso a los recursos, etc. El hecho de que hagamos esto por cuestiones similares hoy en día no es, por tanto, una sorpresa, pero el hecho de que lo hayamos extendido a actividades bastante triviales es asombroso.

Competimos por cosas intrascendentes, a menudo sin ser conscientes de nuestras propias acciones. ¿Qué diferencia hay en levantarse primero para recoger el equipaje de mano en un avión estacionado en la puerta de embarque después del aterrizaje? Todos hemos visto a los malos perdedores gritando, empujando o volviéndose de espaldas cuando el equipo contrario levanta la Copa del Mundo, culpando a los árbitros, a las condiciones o al destino.

Pero también hay “malos ganadores” que sienten que no han ganado lo suficiente o, peor aún, que sólo ganar no es suficiente a no ser que la otra parte “pierda”. El extremo sería la polarización, un concepto estrechamente relacionado con la superioridad moral.

La polarización es la negativa a suavizar posiciones duramente opuestas. No hay lugar para el compromiso porque yo tengo razón y, por lo tanto, tú tienes que estar equivocado. La superioridad moral es la creencia de que las opiniones de uno emanan de un plano moral superior. No es sólo una posición de mayor racionalidad o mayor inteligencia, es una (supuesta) posición moral superior. Por lo tanto, no hay lugar para el compromiso porque no hay lugar para descender a un nivel ético inferior. (No sé por qué pero al hablar de esto me vienen a la cabeza personajes como Trump o Sánchez, bastante parecidos en este aspecto, en mi opinión. Además, no soportan perder o equivocarse…).

Y, sin embargo, una competencia sana, abierta y apropiada, es un gran elemento reconciliador y constructor de consensos.

Porque competimos abiertamente, con mucha más frecuencia de la que creemos o admitimos. Se trata de “rivalidad”, y no toda rivalidad es mala. (Estoy hablando de “rivales”, no necesariamente de “enemigos”). La competencia crea una descarga de adrenalina y nos ayuda a cumplir con los plazos y a tener buen desempeño bajo presión.

Algunas personas no participan en una competición si creen que no pueden ganar. Esto limita seriamente su capacidad de éxito. Hay que “pedir la pelota” para el tiro ganador. Pero no se puede anotar si no se está en la cancha.

Además, la competencia no tiene por qué ser un juego de suma cero. Para que ganemos, nadie más tiene que perder necesariamente. Esa es una idea errónea común. En la empresa, por ejemplo, a menudo hablamos de situaciones de ganar/ganar donde todos salen ganando (el todo es mayor que la suma de las partes). Siempre he enseñado que para que las asociaciones y colaboraciones funcionen, 1 + 1 no puede ser igual a 2, sino que tiene que ser igual a aproximadamente 64.

La competencia abierta, descarada, sin vergüenza y enfocada es buena para nuestra salud, buena para el alma y crea nuestro legado a diario porque clarifica nuestras mentes, nos fuerza a ser innovadores, mejora la perspectiva, nos hace ser más resilientes y, además, hace que se nos perciba como “jugadores” (no nos escaqueamos).

Tenemos que cambiar nuestra mentalidad desde “competitivo” como peyorativo a “competitivo” como saludable. No creo que nadie piense que Rafa Nadal, Pau Gasol, Rosalía, Florentino Pérez, Carlos Alcaraz o Steve Jobs fueran o sean “excesivamente competitivos”. Más bien tendemos a pensar que estas personas son ganadoras, la mayoría de las veces.

La competencia sana implica el trabajo duro y la disciplina para ser eficaz y tener éxito. Pero la competencia encubierta implica que otros deben fracasar para que tú tengas éxito. Por eso es poco saludable y perniciosa. No dejes que la gente te haga esto, pero tampoco te permitas hacérselo tú a los demás.

Es lo que te impulsará a crear un significado valioso y un legado positivo y memorable.

 

«No puedes competir si no tienes espíritu para volver a seguir» (Proverbio ruso).

«El talento gana partidos, pero el trabajo en equipo y la inteligencia ganan campeonatos» (Michael Jordan).

«La creatividad fomenta y favorece la competitividad en las empresas y en la vida» (Ferran Adrià).

José María Garrido es profesional agroalimentario, consultor y docente. Después de trabajar 24 años como directivo, en la actualidad ayuda al empresario a aumentar el rendimiento consistente de su organización. Leer más...

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