
La interpretación podría ser que no todas las iniciativas tendrán éxito. No todas las acciones correctivas serán efectivas. No todos los intentos de prevenir catástrofes serán efectivos (aunque con esto no me estoy refiriendo, precisamente, al desastre de la Alta Velocidad Española: Japón, pionero mundial en alta velocidad, lleva desde 1964 sin sufrir un solo accidente ferroviario).
Pero hay algunos caminos que no se pueden recorrer, y algunos mares que no se pueden navegar. Y también hay algunos desafíos que sacarán a relucir lo mejor de nosotros.
Mi filosofía siempre ha sido aislar el incidente y no generalizarlo hasta convertirlo en una fobia.
Cuando ponía en práctica un “experimento” para evitar la oxidación de una lechuga o para alargar la vida de una ensalada, éste podía fracasar, pero eso no significaba que yo fuera un mal técnico en alimentos. Cuando mi propuesta de colaboración con un empresario es rechazada, eso no significa que sea un pésimo consultor. Eso significa que ese día a ese empresario no le gustaron mis ideas, quizás porque me equivoqué y esas ideas no eran adecuadas para él, o porque no fui capaz de mostrarle todo el retorno de su inversión, o porque el empresario comió un pescado en el almuerzo que le causó malestar y dispepsia. Algunas derrotas, como algunos naufragios, son estrictamente estocásticas.
Cuando el barco choca contra las rocas, me subo a un bote salvavidas y me alejo remando, no me hundo con el barco.
Los griegos creían que no había nada más glorioso que morir en el campo de batalla, por desesperada que ésta fuera. Los romanos creían que era prudente retirarse y abandonar el campo para luchar otro día con mejores condiciones.
No sé tú, pero en estos temas yo soy más romano.

«Un barco siempre está seguro en la orilla, pero no es para eso para lo que fue construido.» – Albert Einstein.
«Existen mapas que solo señalan los lugares donde nos hemos roto.» – María Ferreira.

