En un mundo sumido en la disrupción constante, el instinto de buscar claridad puede llevarte a simplificar demasiado los problemas complejos.
En lugar de plantear preguntas que, sin darte cuenta, pueden limitar tu enfoque, hazte preguntas que expandan tu pensamiento y te revelen caminos más sabios.
A modo de recomendación, empieza con estas cuatro.
¿Qué decisión hoy tendrá sentido dentro de un año? Esta pregunta te lleva más allá de la presión del corto plazo. Te conduce a priorizar las decisiones que se alineen con los valores y la orientación a largo plazo, lo que te ayudará a pasar de reactivo a resiliente.
Si esta decisión se convirtiera en un “caso de estudio” de liderazgo, ¿qué se podría extraer de ella? Prueba esto para comprobar no sólo la lógica de tu decisión, sino el mensaje que vas a transmitir. ¿Qué ejemplo estás aportando? ¿Qué dice sobre tu espíritu de equipo, sobre tu claridad y sobre la cultura que transmite? ¿Expresa confianza, respeto y seguridad?
¿Qué pasaría si esto no fuera una “tormenta”, sino un cambio completo de “clima”? Deja de esperar a que la volatilidad pase. Si la disrupción es la norma, pregúntate qué debes cambiar de forma permanente en tus sistemas, cultura o estrategia, para que puedas perdurar, no sólo sobrevivir.
¿Cuál es el coste de esperar? Retrasar una decisión puede transmitirte seguridad, pero la inacción conlleva riesgos ocultos. Esta pregunta hace que te replantees el momento actual y te empuja a actuar con intención antes de perder el impulso.
Es la gran diferencia entre dejar que sea la corriente quien te lleve o decidir ser tú quien controle el barco.

