
Yo, de pequeño, quería “ser biólogo” y tocar la batería. Estudié algo de solfeo y con 12 años ingresé en la orquesta de música de baile que había en Marcilla, mi pueblo. Como de seis componentes entramos cuatro jóvenes al mismo tiempo, le cambiamos el nombre a la orquesta y la llamamos “Épsilon”. Después fue “Cormorán”.
Durante los veranos solíamos salir de gira para tocar en las verbenas de las fiestas de los pueblos de Navarra, La Rioja o Aragón.
En una ocasión llegamos a un pequeño pueblo de la provincia de Zaragoza, en pleno mes de agosto, en cuya plaza había un escenario en donde se suponía que debíamos montar todo el equipo de música. El problema es que aquel supuesto escenario era un simple tablero elevado, sin ningún techo ni protecciones laterales, y aquella tarde el cielo estaba algo nublado. El que de nosotros tocaba la trompeta (lo llamábamos Malike) era el único que se dedicaba a la agricultura, así que todos le preguntamos qué opinaba del tema. Miró al cielo y dijo con autoridad: “¡Hoy NO va a llover!”.
La tormenta que en forma de tromba de agua nos cayó encima nada más comenzar la sesión de tarde fue antológica, y tuvimos que dedicar la noche a secar todos los componentes electrónicos de los instrumentos con secadores de pelo que nos acercaron los vecinos. Por supuesto, la verbena quedó suspendida para disgusto de todos ellos.
Un error lo comete cualquiera, por supuesto.
En aquel tiempo de fuertes aficiones musicales habíamos formado otro grupo alternativo de música tradicional andina llamado “Takili”. Vestíamos ponchos argentinos y tocábamos guitarras, charango y flautas originales de Latinoamérica que el dueño de una cadena de farmacias nos había traído desde allí. Con este grupo también dábamos conciertos en las fiestas de los pueblos.
Nos contrataron para una actuación en otro escenario al aire libre totalmente descubierto e indefenso. Aquello nos preocupó menos, ya que en esta ocasión todos nuestros instrumentos eran acústicos (nada de electricidad o electrónica). Y de nuevo, a mitad del concierto, comenzó a soplar un viento tan fuerte (el cierzo del Valle del Ebro) que arrastró guitarras, ponchos y todo lo que estaba por aquel escenario, incluidos nosotros mismos.
Analiza tus opciones.
Querer demostrar que tienes capacidad para predecir un acontecimiento atmosférico local puede no merecer la pena debido a las consecuencias inesperadas. Y la misma filosofía es aplicable si te enfadas con alguien que te molesta conduciendo, un cliente que te exige algo fuera de horas de trabajo, o una regulación o burocracia que te enfurece. ¿Cuáles pueden ser las consecuencias si te enfadas tú también, si no atiendes al cliente o si te niegas a cumplir con esa regulación?
Quizás me ponga a debatir algo con mi dentista, pero no con el agente de inmigración que tiene que permitirme la entrada a un país y que me hace una serie de preguntas que me parecen absurdas.
No te frustres, porque hay otras formas de hacer las cosas. Simplemente, deja de aceptar dar conciertos en escenarios no suficientemente protegidos.
(Publico este Café de los Lunes en plenas fiestas patronales de Marcilla. Sorprendentemente, este es el segundo año en el que el tradicional escenario de las verbenas, perfectamente protegido, fue sustituido por un simple tablado sin techo ni laterales. ¡Y las orquestas se suben ahí con todo su equipamiento!)

“Sin reflexión, avanzamos ciegamente en nuestro camino, creando consecuencias inesperadas y no logrando nada útil.” —Margaret J. Wheatley.
“En la naturaleza no hay recompensas ni castigos; hay consecuencias.” —Robert Green Ingersoll.
“A veces, cuando veo qué tremendas consecuencias provienen de pequeñas cosas, estoy tentado a pensar que no hay pequeñas cosas.” —Bruce Barton

