
Todos somos personas, primero.
A la hora de posicionarme ante las personas, y por extensión ante las personas en el trabajo, yo suelo partir de tres principios básicos, tres ideas que no son empíricamente demostrables, sino más bien una cuestión de fe (las creo o no las creo).
- Toda persona quiere SER (feliz) y quiere LOGRAR (progresar).
- Las personas quieren hacer las cosas bien (incluso en el trabajo), hasta que no se demuestre lo contrario.
- Debemos tratar a los demás como nos gustaría ser tratados.
Y la cuestión subyacente aquí es: “¿Cómo quieres que te traten?”
¿Hablamos de unos genéricos “ser amable, ser cortés, ser educado, ser considerado” bastante fugaces, o estamos hablando de algo más?
Por ejemplo, quiero que me traten con honestidad. Me gustaría recibir respuestas y datos precisos cuando lo solicite. No quiero ser engañado por alguien que, en lugar de ayudarme a mejorar mi desempeño, se limite a hacerme sentir bien.
Quiero ser tratado como alguien que pueda ganarse tu respeto y tu confianza, no como alguien que lo exige o cuya posición lo exige. Quiero que me traten como alguien que ha ganado el máximo campeonato, no como alguien que se mantiene a duras penas en una división regional.
Y una cosa más: la distancia física crea distancia psicológica. Trátame como alguien accesible, que tiene tiempo para ti y que está “cerca y no lejos”.
Si todo esto tiene sentido en cuanto a cómo quiero que me trates, entonces ya sé cómo yo tengo que tratarte a ti.

“Cura a veces, trata con frecuencia, consuela siempre.” – Hipócrates.
“En mis primeros años profesionales me hacía la pregunta: ¿Cómo puedo tratar, curar o cambiar a esta persona? Ahora formularía la pregunta de esta manera: ¿Cómo puedo ofrecer una relación que esta persona pueda utilizar para su propio crecimiento personal?” – Carl Rogers.
“Me gustan los cerdos. Los perros nos admiran. Los gatos nos menosprecian. Los cerdos nos tratan como iguales.” – Winston Churchill.

