Estamos en Corella, a donde nos desplazamos cada año por estas fechas para ejercer de anfitriones de las comidas y cenas navideñas. El miembro más joven de nuestra familia acaba de cumplir los 10 años y, como casi todos los preadolescentes de estos tiempos, tiene una alta tendencia a estar continuamente “entretenido” con un móvil en las manos. Establecimos la norma de no permitir teléfonos en la mesa durante las comidas y cenas de celebración y así se lo hicimos saber a todos. El pequeño, a pesar de decirnos que él en su casa come con el móvil al lado, protestó hasta que le aclaramos que en nuestra casa somos nosotros quienes tomamos esas decisiones. Lo aceptó a regañadientes, pero rápidamente lo olvidó y las conversaciones y estados de ánimo fueron excelentes durante todas las reuniones familiares.
Los humanos somos unos seres sorprendentes. A lo largo de los años he aprendido que las expectativas influyen en la autoestima y la autoestima influye en las expectativas en un círculo recíproco. Si tus expectativas no son realistas y en consecuencia no las cumples, tu autoestima puede verse afectada. Sin embargo, si de entrada nuestra autoestima es baja, entonces tendemos a no establecer expectativas altas o poderosas, y nunca las conseguimos.
Realmente, nuestro valor es independiente de nuestro desempeño. No “ganamos” ni “perdemos” valor en función del éxito o el fracaso. El valor tiene que ver con la dignidad (¿Cuánto valioso soy?), mientras que el desempeño (eficacia) tiene que ver con las competencias (¿Puedo hacer esto?). Lo ideal sería tener una alta eficacia en aquellos temas más cercanos a nuestra “vocación” en la vida, pero por supuesto no en todos. Yo no soy capaz de pintar un cuadro; de hecho, no soy capaz de garabatear ni el dibujo más simple; de hecho, casi no sé ni hacer la “O” con un canuto. Pero nadie, ni en mi empresa ni ningún cliente, me lo ha pedido nunca, porque nunca me han contratado como arquitecto.
Pero bueno, ¡puedo escribir! Estoy escribiendo esto mientras miro a los tejados de las casas de ahí fuera, iluminados por el frío sol de diciembre sobre un cielo rabiosamente azul.
Volvamos al niño, hoy preadolescente. Cuando sus padres lo solían dejar en casa de la abuela, ésta contaba cómo, cuando se iban, su nieto lloraba y montaba un espectáculo sabiendo que eso podría traerle más abrazos, besos y mimos. Pero una vez que se quedaba solo con la estricta abuela, pensaba que llorar ya no servía para cubrir sus expectativas. Entonces se sentaba a dibujar, jugaba con la pelota o hablaba con la abuela mientras ésta hacía punto. Incluso se interesaba por la cantidad de sal que había que poner al guiso.
Ya ves. Tenía expectativas adecuadas que cambiaban adecuadamente cuando se daba cuenta de cuál de sus acciones crearía las repuestas más eficaces. Incluso hoy es capaz de sentarse a la mesa de los tíos sin tener el móvil al lado.
Ésta es una habilidad intrínseca que, con demasiada frecuencia, perdemos a medida que crecemos.
Cuando no se cumplan tus expectativas, deja de culpar a los demás, al lugar de trabajo, al jefe, al cliente, a la IA, a Donald Trump o al destino.
Cambia tus expectativas y deja que tu autoestima florezca.

“Tenía expectativas muy altas de mí misma. Iba a ser la mejor madre, la mejor ama de casa, la mejor animadora, la mejor enfermera, ya sabes, iba a ser la mejor. Y nunca pude estar a la altura de mis expectativas.” — Ann Richards.
“Cuando escribo, lo hago para mí y tengo altas expectativas… así que solo intento cumplirlas. No voy a distraerme con las expectativas de otras personas.” — Hannah Kent.
“Ya no tengo grandes expectativas. Tal vez simplemente me las han sacado a golpes.” — Elisabeth Shue.

