Por José María Garrido

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Hubo un tiempo en el que, por encargo de la madre, acudíamos a la tienda de ultramarinos o al colmado a comprar dos patatas, medio kilo de arroz y un cuarto de lentejas, que el tendero nos servía de sus sacos a granel. Y cada día tocaba llevar a casa, a cocer, el medio litro de leche desde el pequeño local donde el ganadero vendía el resultado del ordeño de aquella mañana.

Los agricultores y ganaderos con cierta cantidad de tierra o de cabezas eran personas importantes, con suficientes “posibles” como para construirse casas más grandes que las de los demás. A finales de los años 50 y principios de los 60, el gasto en alimentos se situaba entre el 50 y el 60% del presupuesto familiar. Por aquel entonces, no había ninguna duda de la relevancia que tenía el comer. El poder (y el dinero) estaba en manos del productor.

Los 60 y los 70, de la mano de la modernización tecnológica, fueron los años de la consolidación de la industria agroalimentaria española de la mano de emprendedores listos, esforzados y con visión de negocio. Y marcas como La Casera, Cola-Cao o Solís fueron impulsadas de la mano de la televisión. El poder empezó a desplazarse hacia la industria, a medida que ésta se desarrollaba.

Coincidiendo con el drástico crecimiento de población en las ciudades, en 1973 se abrió el primer hipermercado en España, y fue este nuevo modelo de distribución alimentaria el que se implantó definitivamente entre finales de los 80 y los años 90, coincidiendo también con la incorporación masiva de la mujer al mercado laboral.

Y las reglas de juego (y el poder) cambiaron radicalmente, hasta quedar en unas pocas manos.

La capacidad de compra centralizada (economía de escala) y la competencia feroz por el consumidor marcaron las estrategias: los ajustes de precio continuos y sistemáticos pasaron a ser el único camino para ser “el elegido” frente al todopoderoso jefe de compras de la sección. Y cuando las posibilidades de “la marca” quedaron exhaustas, aún se disponía de una nueva herramienta en la “guerra” por el precio: los “interproveedores” y la Marca Blanca. Hacendado pasó a ser “el rey”.

En el año 2019, el gasto en alimentación y en bebidas no alcohólicas suponía el 14% del presupuesto total de consumo de los hogares españoles. El comer dejó de ser algo relevante: fácil, accesible y barato. Ser agricultor o ganadero pasó a ser un oficio “poco atrayente”.

Pero llegó la pandemia, la guerra de Ucrania y el “huracán Trump”. Hoy ya estamos asistiendo a la ruptura de las reglas establecidas, el tensionamiento al límite de las cadenas de suministro y a la destrucción del libre comercio internacional. Además de que todo hace pensar que la “guerra blanda” entre Estados Unidos (con Trump o sin él) y China va para largo.

Informes de principios de 2026 señalan que los alimentos han subido casi el doble que los salarios desde 2008 y todo hace pensar que los costes (y el precio) de los alimentos no van a dejar de subir de aquí en adelante. Y la gente se va a enfadar mucho (y quizás empiece a valorar diferente a agricultores y ganaderos) cuando llenar el carro de la compra cueste… 300€.

Pero volvamos a las grandes cadenas de distribución alimentaria. Unos lugares acristalados, atractivos y maravillosamente iluminados, con secciones ampliadas de productos gourmet, altos en proteínas, innovaciones, platos cocinados o de comida para mascotas. Grandes exponentes de la vida moderna, para los que hay algo mucho más terrible todavía que el tener precios superiores a los de su competencia, que no es otra cosa que… ¡TENER ESTANTERÍAS VACÍAS!

Las tensiones en las cadenas de suministro, los precios de los insumos y la destrucción paulatina de las estructuras de producción están empezando a transformar las estrategias de negocio, y el aseguramiento del suministro va pasando a ser un asunto crucial para la cadena alimentaria. La integración vertical (“Asegúrame el suministro y te pagaré más”) empieza a ser el nuevo mantra. Ahí es donde se sitúan las “fusiones de cadena”, la llegada de fondos de inversión al campo y la creación de nuevas marcas en el sector primario, que es quien realmente produce los alimentos.

Incluso en Europa (y a pesar del acuerdo Mercosur, en general un fuerte varapalo para el sector agroalimentario) ya empiezan a oírse las primeras voces cualificadas que defienden la necesidad de la soberanía alimentaria europea.

Tendría poco sentido llenar los almacenes de misiles y tener vacía la despensa.

 

«La primera y más respetable de las artes es la agricultura.» – Jean-Jacques Rousseau.

«El campo son los pies que sostienen a la nación.» – Tomás Moro.

«La agricultura es la única fuente constante, cierta y eternamente pura de riqueza.» – José Martí.

José María Garrido es profesional agroalimentario, consultor y docente. Después de trabajar 24 años como directivo, en la actualidad ayuda al empresario a aumentar el rendimiento consistente de su organización. Leer más...

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