Ayer fui muy “audaz”, porque estuve deseando un feliz Día de la Madre a la gente, sin importarme si alguien, en algún lugar, podría sentirse “ofendido” (je, je). Y, desde luego, felicité a todas las “mamis” de mi entorno cercano.
Me han dicho que el Día de la Madre resulta ser el mejor negocio para los restaurantes y para El Corte Inglés; no en vano da igual la identidad, el origen, las creencias o cualquier otra cosa, todos hemos tenido una madre sin la cual, bueno, yo no estaría escribiendo esto y tú no lo estarías leyendo.
Mi madre me advirtió de los peligros de la vida: no correr con un palo en la mano porque podría sacarme un ojo; no bañarme antes de un mínimo de dos horas (o quizás tres: nunca supimos cuál era el tiempo real recomendado) después de comer porque podría tener un corte de digestión y ahogarme, o comer obligatoriamente pescado los viernes “porque es vigilia”. Además de no jugar en las calles donde pasaran coches, tener cuidado al lanzarnos piedras «porque no tienen ojos» o no ir a pescar al río con «mayores».
Mi abuela materna se casó y vivió en Irañeta (norte de Navarra) con un viudo con 7 hijos y con el que tuvo otros 8, siendo mi madre la mayor de estos últimos, por lo que también ejerció de “madre de sus hermanos pequeños”. Por eso también cuidó a mi abuela en sus últimos meses de vida (mis abuelos están enterrados en mi pueblo, Marcilla, en el sur de Navarra).
Llegó a mi pueblo “para servir”, conoció y se casó con mi padre y ambos emprendieron “negocios comerciales” (venta de piensos, después electrodomésticos, después muebles…) con los que consiguieron que la familia progresara. Ahí mi madre ejerció de organizadora, contable o aportando la parte “mental” al equipo, dejando a mi padre la parte más emprendedora, “comercial” o “de relaciones públicas”. Pero siempre nos sentaba puntualmente a todos a la mesa a comer (de postre, siempre fruta), ejerció de enfermera y me llevó a médicos y hospitales durante años (yo de pequeño tuve todas las infecciones posibles), incluso pasando noche sola conmigo en la gigantesca “sala de hombres” del hospital.
También me apuntó a clases de solfeo, impulsando así mi afición por la música. Y cuando mi profesor me propuso, con 12 años, ingresar en la orquesta del pueblo para tocar la batería, mi madre le preguntó: “¿Cree usted adecuado que este crío vaya a tocar al baile donde se besan las parejas?”, a lo que el maestro le respondió: “¡Cómprale unos pantalones largos y no te preocupes por nada más!”. Y hasta hoy.
Cuando una madre nos deja pasamos a ser huérfanos, lo que implica una importante readaptación mental: nadie más cocinará, ni te cuidará, ni te volverá a tratar tan bien como ella. Aunque también creo que una madre realmente no muere hasta que nosotros mismos no morimos.
Yo no tengo hijos naturales, pero el mejor ejemplo de lo que significa ser madre lo tengo en la mujer que está hoy a mi lado. Generosidad, entrega total, felicidad o dolor real en función de lo que disfruta, padece o siente el hijo. Una conexión profunda, unas emociones convergentes, un cordón umbilical que, en realidad, nunca es cortado.
También existe el Dia del Padre, pero creo que no es lo mismo. Los hombres lo tenemos mucho más fácil. Yo, como la mayoría de los hombres, si tuviera que parir exigiría un mes completo en un resort de lujo para prepararme y afrontar la situación. Además, pediría aislamiento con fondo de música clásica, una epidural de máximo efecto y…. pero estoy divagando.

“Lo más importante que un padre puede hacer por sus hijos es amar a su madre.” —Theodore Hesburgh.
“Si la evolución realmente funciona, ¿cómo es que las madres solo tienen dos manos?” —Milton Berle.

