Por José María Garrido

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“Tener derecho” se refiere, en términos generales, a la garantía de estar habilitado o legitimado a recibir ciertos beneficios o la creencia de que uno merece ciertos privilegios.

El término se utiliza de dos maneras claramente diferentes: en un contexto formal/legal (que una persona cumple con las condiciones requeridas para recibir algo) y en un contexto que podríamos llamar conductual/psicológico. En este último, «tener derecho» se refiere a la actitud de creer que uno es inherentemente merecedor de un trato, privilegios o recompensas especiales, incluso sin haberlos ganado o haber trabajado para ello, lo que en muchas ocasiones apunta a un comportamiento negativo, narcisista o egocéntrico. Una cosa es “tener derecho a ser respetado” en base a una dignidad humana intrínseca o tener derecho a una pensión después de los correspondientes años cotizados, y otra muy distinta es que otros atiendan tus necesidades hasta llegar al enfado cuando no se cumplen tus expectativas o demandas.

Según he leído, a menudo es causado por inseguridades y la correspondiente sobrecompensación resultante. Sería un mecanismo de protección ante la baja autoestima y la incapacidad. El “derecho adquirido” podría haber sido causado por un exceso de tolerancia en la niñez o, irónicamente, como un mecanismo de compensación al haber sido víctima de negligencia infantil.

En los últimos años he ido moviendo mi posición hacia una opinión, que reconozco políticamente incorrecta, de que la furia contra los “lugares de trabajo tóxicos” está fuera de lugar, y que generalmente éstos tienen su origen, cuando existen, no en jefes horribles, sino en empleados tóxicos que prefieren afirmar que no son debidamente reconocidos o recompensados, en lugar de trabajar tan duro como los demás para obtener sus justas recompensas y reconocimiento.

De hecho, todos los empleados tienen derecho a un punto de partida similar y a un campo de juego nivelado, y los directivos tenemos la obligación de liderar adecuadamente y de propiciar las condiciones que favorezcan la aportación de valor y el compromiso. Pero nadie tiene derecho a un final o una victoria iguales. Tienes que esforzarte, estudiar, trabajar, actuar y conseguir logros si quieres obtener recompensas acordes con todo ello.

El servicio en trenes, hoteles y restaurantes difiere significativamente también debido al esfuerzo individual (o a la falta de éste) de los auxiliares, camareros y otros empleados. El resultado de la tarea o del proceso en la empresa también depende del empeño y del cuidado del propio trabajador.

A esto se le llama responsabilidad personal.

Todos cometemos fallos y errores, y cuando los admitimos y tratamos de corregirlos merecemos ser disculpados. Pero nadie merece un “aprobado” por un trabajo consistentemente deficiente, retrasos y una mala actitud diaria. Estas personas no tienen éxito en la vida, lo que refuerza su infelicidad y aumenta su sentimiento de “tener derechos”.

Aunque, a esas alturas, ya no es por culpa de sus padres.

 

“Vivimos en la era de los derechos, en contraposición a la de la ilustración.” —Bill Bailey

“El derecho es simplemente el tipo más grosero de comportamiento humano.” —Jessica Parker Kennedy

“No tenemos derechos como parte de nuestra herencia familiar. Si quieres cosas bonitas en la vida, si quieres salir adelante, tienes que ganártelo.” —Brian Francia

“Aunque la belleza te da una extraña sensación de merecerte privilegios, es bastante aterrador y amenazador que otros le den tanta importancia a algo que sabes que estás alquilando por un tiempo.” —Candice Bergen

José María Garrido es profesional agroalimentario, consultor y docente. Después de trabajar 24 años como directivo, en la actualidad ayuda al empresario a aumentar el rendimiento consistente de su organización. Leer más...

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