El pasado 15 de agosto celebramos el 50 aniversario de la fundación de la «peña» La Orka, que es como llamamos a mi cuadrilla de amigos de mi pueblo, Marcilla. Este Café del Lunes, plagado de topónimos, denominaciones y términos propios de nososotros como grupo, está dedicado a ellos y a ellas. He querido compartirlo contigo porque, al final, me ha salido una auténtica exaltación de la amistad, ese elemento tan esencial de nuestras vidas.

Los cachorros humanos nacemos y permanecemos durante largo tiempo con una inmadurez, tanto física como mental, cuya consecuencia es una dependencia total del bebé respecto de sus progenitores (sobre todo de la madre) y un gran retraso en adquirir autonomía. Una dependencia muy superior a lo que sucede con el resto de los animales, cuyos retoños empiezan a corretear poco después de su nacimiento.
Una de las primeras consecuencias de esa dependencia absoluta es el aprendizaje de que somos miembros de una familia, que recibimos cuidados, que somos queridos, que podemos expresarnos y somos escuchados, que participamos en juegos de los que somos protagonistas… y que, en ese entorno y en esos momentos, somos el rey del mundo.
Las cosas empiezan a cambiar si “aparecen” los hermanos más pequeños, con los que nos vemos obligados a aprender ciertas normas y a ser conscientes de que el amor hacia nosotros no es absoluto. Pero sobre todo, cuando empezamos a socializarnos en la escuela, repleta de otros reyes del mundo… con los que tenemos que aprender a convivir.
Y dejas de ser el centro del universo. Porque los mayores (¡unos abusones!) te quitan el balón o te echan del frontón. Se comen tu helado o te empujan en la “paderica”. Despeinan a tu muñeca o te manchan el vestido de los domingos. Y es ahí donde cobra sentido la pertenencia a esa segunda familia que son Tus Amigos, tu “tribu”.
Sí, dentro de ese colectivo también hay quien juega mejor que tú al futbolín, te gana los pitones que compraste con “la paga” o no te deja columpiarte en su bilindanga. Pero a pesar de todo, con ellos te sientes seguro y aprendes que para sobrevivir en la jungla del Molinico o para que te lleven a casa al caerte cuesta abajo por el foso, es mejor tener a tus amigos.
Y no digamos cuando coincides con otra tribu rival en el campo de fútbol, tienen la desfachatez de beberse la naranjada de tu peña o te retan a jugarte un almuerzo al mus: se trata de una afrenta colectiva hacia toda la cuadrilla (independientemente de quién estuviera presente), que todos juntos debemos restañar.
Porque tendemos a convertirnos en las personas que son nuestros amigos, lo que, en la mayoría de los casos, es algo realmente beneficioso. Forman parte inseparable de nuestra identidad y de nuestros valores, lo que posiblemente alcanza su máxima expresión cuando eres “de pueblo”.
El pueblo conforma el entorno físico concreto, el lugar en el que se desarrolla tu primera apertura al mundo, que vas experimentando de forma inseparable de tus amigos. Con ellos descubres tu vocación de constructor levantando “pantanos” en el Molinico, la de actor reproduciendo en el foso la película que acabáis de ver en el cine, o la de hostelero improvisando un bar móvil en La Presilla. Te das cuenta de que el regaliz de palo se puede fumar, que las flores de los árboles del paseo se comen, o que no necesitamos comprar una mesa para La Peña porque la puedes “recuperar” de una casa abandonada. Aprendes que nunca conseguirás nada tirando a los pitones con la uña, que es más fácil comprar unos tebeos que ganarlos a las cartas, o que por muchos cromos que consigas, Hita nunca saldrá.
Compartes que «el Cristo» tiene mejores barquillos que «la Peñusca», que es mejor jugar al balón en la Carbonilla que en el frontón y que la regla de D. Vicente Goldáraz pica más que un pellizco de D. Modesto.
Y que si quieres tirarte de cabeza, mejor que lo hagas en las Mesas y no en los Bocales.
Con tus amigos descubres el color de los pololos de esta o aquella chavala, sabes cuál es el mejor escondite de la calle Nueva o comentas las ganas que tienes de jugar al marro con Las Indias. Y es a tus amigos a quienes cuentas, con todo lujo de detalles, las circunstancias y emociones de aquel primer paseo por los frailes acompañado de “la que te gusta” (porque eso lo hiciste sin ellos, por supuesto).
Pero el pueblo es, además, el punto de reunión y el lugar de retorno. Mantener viejas amistades es algo maravilloso. Seguir en contacto con las personas que nos conocieron cuando éramos niños agrega dimensión a nuestras vidas y, de alguna manera, suaviza el paso del tiempo. Además, en mi caso siento que sin su apoyo no habría tenido la vida feliz de la que disfruto.
Estar cerca de los viejos amigos es un privilegio incalculable. El verdadero amigo con quien podemos contar día y noche, compartir secretos, pedir consejo y obtener apoyo sin importar lo que sea, es algo de un extraordinario valor.
Estamos hablando de Marcilla. Pero, sobre todo, estamos hablando de La Orka, la peña que “se va al cine” y que cumple 50 años con un temple, una frescura y una jovialidad que bien merece cien homenajes.
50 años dan para mucha historia, mucha anécdota y muchos recuerdos. Pero también da para tener suficiente perspectiva del porqué de esa buena salud de un grupo de amigos y amigas que, cada uno desde su individualidad, le confieren al conjunto unas características y unos valores únicos, irrepetibles.
La mayoría de nosotros hemos “mamado de la misma teta” (tenemos ese origen y esas experiencias comunes), lo cual sin duda constituye un poso unificador básico. Pero todos y cada uno somos, al mismo tiempo, muy diferentes. A lo largo de los años hemos perdido contacto con alguno de nosotros, lo que genera la desvinculación propia de la ausencia de roce. Pero al mismo tiempo, otros (ellos y ellas) se han unido a la cuadrilla, con generosidad para amoldarse a los usos y costumbres generales, y también con la personalidad para enriquecernos con su propia impronta.
Aunque las cosas (y las personas) cambian/cambiamos, es fascinante ver a tu “yo” más joven reflejado en las personas que te rodean. Pero es incluso mejor cuando los viejos amigos entienden la persona en la que te has convertido. Porque las relaciones más fuertes no se fijan en ámbar como un mosquito prehistórico, congelado en el tiempo. Las relaciones también cambian y evolucionan con nosotros.
Y sin embargo, ahí sigue estando la esencia de La Orka: calderete, tinto “mojau” y “turbo”, blusa roja, burladero, gichas allí/gichos aquí, y risas allí y risas aquí.
Pero sobre todo, alegría, amistad, respeto, cariño y… mus.
Debe ser el «espíritu Sugar Baby Love” de Los Rubettes.


Me gusta. Probablemente solo entendamos la totalidad del mensaje los de tu tribu… La verdad es que el entorno educativo y de crecimiento que aportan los pueblos es bueno. Yo diría que mejor que el de las ciudades
Así es, Ramón. Como digo al principio, es un texto «para nosotros». De hecho es el Prólogo al libro sobre La Orka que me pidió Ramonín, pero que he decidido publicar aquí también.
Nosotros vivimos nuestra propia época de crecimiento en el pueblo y es difícil hacer comparaciones, pero el pueblo deja un poso de identidad muy claro, sin duda. Aunque quizás hoy, con la tecnología, las diferencias con las ciudades sean cada vez menores.
Muchas gracias por tu comentario.
Un fuerte abrazo, querido amigo.
Muy bien expresado un sentimiento que creo, es unánime en todos nosotros.
Muchas gracias, querido amigo.
Un abrazo.