Por José María Garrido

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¿Te gusta lo que hago? ¡Plantéate invitarme a un café! ☕️

Me divierten mucho las personas que necesitan todo envuelto, con un lazo bien apretado y las instrucciones colocadas a un lado.

Cuentan que un juez del Tribunal Supremo comentó una vez que no necesitaba definir la pornografía porque la reconoció en cuanto la vio. ¡Me gusta ese nivel de confianza en un jurista! Hay un viejo dicho romano: De minimis non curat praetor. (“De los asuntos intrascendentes no se ocupa el magistrado”, según el Diccionario panhispánico del español jurídico… que reconozco que aprobé el latín de 2º de BUP copiando 😉 ).

Una de las afirmaciones generalmente aceptadas que no tiene ningún sentido es esa que dice que “la gente tiene miedo al cambio (virgencita, que me quede como estoy)”. Yo no lo creo. Si vas a cambiar es porque dibujas conseguir algo más atractivo que lo que tienes hoy. Lo que las personas temen en realidad es a la incertidumbre (ambigüedad) del camino del cambio, no el cambio en sí mismo. La cuestión es que el cambio no se consigue con un movimiento mágico de nariz, como en Embrujada.

Cuando voy a realizar un proyecto con un cliente, algunas personas de un determinado nivel me preguntan «¿Qué entregables nos vas a dar?», o «¿Cuántos días vas a venir?», o «¿Cuál es el precio?» Afortunadamente, los empresarios que finalmente me contratan se enfocan más en «De acuerdo, estos son los objetivos y éste es el ROI. ¡Consigámoslos!”

Voy a tirar piedras contra mi tejado. En nuestra vida personal, hay quienes dicen: “Hagámoslo de oído” (ésta es mi pareja), y otros que pontifican oficiosamente: “No se puede conseguir sin un plan” (en determinadas cosas, yo soy de éstos, lo reconozco). Otra banalidad de tamaño cósmico (así lo veo en esta época de mi vida) es: «Si no puedes medirlo, no merece la pena hacerlo». Bueno, es difícil medir exactamente la felicidad, o el amor específicamente… pero yo lo sé cuando lo siento (de los asuntos intrascendentes no se ocupa José María).

Mi mujer suele decir que no quiere bañarse en aguas profundas. Yo le respondo que no tiene que tener miedo a la profundidad, y ella me responde con firmeza que “No le tengo miedo a la profundidad; tengo miedo a lo que pueda haber en ella”.

Bueno, es bastante correcto; por eso se venden gafas de buceo. Una cosa es tener un miedo tangible, ya sea a salir de un estanque pequeño y cómodo en el que eres un pez gordo, colocarte en un escenario frente a una audiencia o atender una llamada en medio de la noche. Los miedos racionales y concretos pueden solventarse mediante la resolución o el aprendizaje.

Pero otra cosa es temer al mundo exterior, a otras personas o a la noche misma. O ponerse siempre en lo peor entre las distintas opciones que tiene el futuro, el famoso “¿Y si…?”: “¿Y si la hija tiene un accidente?” “¿Y si nuestro banco quiebra?” “¿Y si Saturno se alinea con Aries?”. Sufrir antes de que algo ocurra es gratuito (“Y si ocurre, entonces lo gestionaremos”).

Las creencias religiosas de cualquier tipo siempre han ayudado a conseguir una sensación de seguridad y de centramiento en un universo del que, en realidad, sabemos muy poco. Por eso construimos historias, mitologías, y sistemas de creencias que nos ayudan a lidiar con lo básicamente incognoscible e incomprensible. (¿Cuántas veces hemos escuchado a ateos y agnósticos decir, «¡Gracias a Dios!» en ocasiones traumáticas?)

No tiene sentido temer a lo ambiguo en el transcurso de nuestra vida diaria. No tiene sentido ponerse ansioso por conocer a un nuevo jefe, visitar una nueva ciudad o probar una nueva comida. En una ocasión, una compañera de cena en Estados Unidos me dijo que ella, bajo ningún concepto, comería sushi. «¿Te imaginas de dónde viene eso?», preguntó mirando con cautela una “agresiva” pieza frente a nosotros. «¿Te imaginas de dónde vienen los huevos del desayuno?», me pregunté en silencio.

Dejemos de preocuparnos por las profundidades o por lo que pueda estar acechando en ellas. Y dejemos de crear temores adicionales sobre lo desconocido en un mundo que en el que tenemos asegurado no saber nunca lo suficiente.

“¡Uy! ¿Hay alguien ahí?”

 

“A lo único que debemos temer es el miedo mismo” – Franklin D. Roosevelt al asumir la presidencia, el 4 de marzo de 1933, ante un país devastado por la depresión.

“Las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas ha sido inyectado el veneno del miedo…. del miedo al cambio.” – Octavio Paz.

“No hace falta conocer el peligro para tener miedo; de hecho, los peligros desconocidos son los que inspiran más temor.” – Alejandro Dumas.

José María Garrido es profesional agroalimentario, consultor y docente. Después de trabajar 24 años como directivo, en la actualidad ayuda al empresario a aumentar el rendimiento consistente de su organización. Leer más...

    • Pues… ¡me alegro mucho 😊!
      Y mira: justo antes de donde empieza el texto, arriba a la derecha, hay una frase que reza «¿Te gusta lo que hago? ¡Plantéate invitarme a un café!». Pincha en el link verde y… ¡podrás hacerlo 😜!
      Muchas gracias por tu comentario, José.

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